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Repercusiones en los medios
 

13 de Junio de 2007 - Diario La Nación "Homenaje a dos grandes" por René Vargas Vera


 9 de Mayo de 2006 - Diario La Nación  sección Espectáculos  "Apuesta riesgosa para el Réquiem de Mozart" por Pablo Kohan

 

1 de Julio de 2006 - La Gaceta (Tucumán) "Cantar en un grupo coral es también un acto mágico"

 

11 de Mayo de 2004 - Diario Armenia  "Los coros Gomidás y Cantoría Lugano fueron muy aplaudidos  Gran velada artística en la catedral San Gregorio El Iluminado"

 

Jueves 5 de Julio de 2003 - Diario La Nación  sección Espectáculos  "Un emprendimiento digno de ser elogiado" por Pablo Kohan

 

Sábado 14 de noviembre de 2002  Openayre Escribe Eduardo Casullo  Paride ed Elena de Christoph W. Gluck en el Salon Dorado del Teatro Colón, Presentado por el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón

 

11 de Mayo 2001 - Diario La Nación Sección Espectáculos - "Dvorak, honrado por la Cantoría Lugano" por René Vargas Vera

 

Marzo 2001 - Cantabile "Exitosa gira por Italia"

 

 3 de Enero 2001 - Diario La Nación Sección Espectáculos - "Una misa argentina en el Jubileo Romano" por René Vargas Vera

 

23de diciembre de 2000 - Diario Clarín Sección Espectáculos. "La Misa de Corpus Christi se estrenó en Italia"

 

 25 de Noviembre del 2000 - Diario La Nación/ Música Clásica - Sección Espectáculos. "Misa de Antonio Russo: Estreno en Roma"

 

2 de Octubre del 2000 Diario La Nación / Sección Espectáculos - "Tesoros musicales de Guastavino" por René Vargas Vera

 

 Agosto 2000 - Cantabile "Rumbo al Vaticano"

 

23 de Septiembre 1998 - Diario La Nación /Sección Espectáculos "Imponente inspiración sacra" por René Vargas Vera

 

 20 de Septiembre 1998 - Diario La Nación /Sección Espectáculos "Misa con Futuro" por René Vargas Vera

 

Agosto 1998 - Revista Clásica Después del Espectáculo "La Misa de Corpus Christi de Russo. Un lenguaje sacro que resuena en el espíritu"por Pablo Bardin

 

Thursday, July 2 -1998- Diario Buenos Aires Herald /Sección Entertainment "Corpus Christi Mass for the ages" By Pablo Bardin

 

23 de Junio de 1998 - Diario La Prensa / Sección Espectáculos "Una creación magna" por Napoleón Cabrera.

 

28/8/95 - Diario Ambito Financiero "El mejor ámbito para un concierto"

 

1995 -Diario La Nación "La música coral invadió la Catedral" por Florencia Arbeche

 

12/3/1990 - Diario Clarín Jornadas Finales de Canto - Concurso Coca-Cola en las Artes y en las Ciencias

 

20/9/1984 - Diario Clarín  "Atractivo Cierre de Coros para el Futuro del Niño" por Pompeyo Camps

 

22/8/1984 - Diario Clarín  "El primero de una serie de cuatro conciertos" / "Coros, Cultura y Niñez" por Pompeyo Camps

 

11/1/1982 - Revista "Esto es Música" N°12 "El Magníficat de Juan Sebastián Bach"  por Daniel Gomez Dupertuiz

 

18/12/1981Diario La Nación "Un ciclo estimulante para jóvenes músicos"

 

28/11/1977 -  Diario La Nación "Intercambio Coral"


4/5/1977 -  Diario Clarín "Cantoría Lugano y la música coral"

 

1976 - Revista Diapasón "Una experiencia poco frecuente"

 

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Tesoros musicales de Guastavino

Ciclo Coral Jubileo 2000. Actuación del vocal de cámara Cantoría Lugano, dirigida por Eduardo Vallejo. Obras de Carlos Guastavino, Alberto Ginastera y Antonio Russo. En piano: Darío Ingignoli y Hernán Fassa. Iglesia Evangélica Metodista Central, Rivadavia 4050.
Nuestra opinión: Bueno

La bellísima obra coral de Carlos Guastavino, en su mayoría inspirada en el acervo folklórico, suele considerarse, a primera vista, sencilla en su estructura y fácil de interpretar.

No obstante, suscita cuestiones que hacen al estilo y a la estética. Porque el compositor al transfigurar melodías, cadencias y ritmos telúricos argentinos en un magnífico folklore imaginario, lo está dotando de modos y peculiaridades de la música clásica. No en vano los europeos creen descubrir en el maestro santafecino al Schubert de las pampas.

A partir de esto sugiere la necesidad interpretativa de la perfecta simbiosis entre la inspiración folklórica y la forma erudita. Ni vulgarización de lo autóctono (no suele ocurrir en la música popular porque no se conoce a Guastavino) ni plasmación de empaque académico.

En este último sentido, algunos cantantes de música de cámara han tergiversado, con la paquetería de la impostación y sus consecuentes énfasis de lied germánico, aquellas esencias. Alguna agrupación coral también ha caído en la tentación erudita y con esto le ha quitado a la música de Guastavino su delicioso sabor, su rico aroma, su ínsita gracia. La Cantoría Lugano inicia el programa con dos obras que otrora (años 50 y 60) supieron menear los coros: "En los surcos del amor" y "Se equivocó la paloma". La primera versión es camarística y se expresa con algunos cortes de frase y en delicado ensamble. La segunda es asumida morosamente dando énfasis a los acentos prosódicos.

Otras composiciones de Guastavino, esta vez con piano, ocupan la segunda parte: "Romance de ausencias" y las seis "Indianas". El coro las asume con respeto, mesura y alguna sutileza, plasmando buenos matices. El acompañamiento de piano es correcto y el estilo tiende más a la finura que a la exaltación telúrica. El ensamble de voces se resiente en forma notoria. Las once coreutas evidencian la solidez sonora que no exhiben los ocho varones, en especial en las partes de sus cuerdas solas.

La parte central está dedicada a las "Lamentaciones de Jeremías profeta", de Alberto Ginastera. La polifonía dramática de "O vos omnes" es transmitida con el empuje extravertido que el compositor plasmó para un pasaje bíblico de inmenso y recóndito dolor. Y con mayor unción traduce el "Ego vir videns" en el que Ginastera aplaca su pluma en un tema religiosos de densidad dramática.

Le sigue, en calidad de primera audición, una nueva obra del compositor Antonio Russo: el canto de alabanza "Domine, Dominus noster". El músico exhibe su incisiva pluma en arrollador empuje rítmico y en lenguaje atonal plagado de complejidades armónicas, cuya cúspide se traduce en tumulto coral.

Cantoría Lugano ha dado muestras de su versatilidad estilística y de una sólida preparación.

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Dvorak, honrado por la Cantoría Lugano

Apertura del Ciclo Coral 2001 con la actuación de la Cantoría Lugano, dirigida por Eduardo Vallejo. Programa: Misa en Re mayor, op. 86, de Antonin Dvorak. Organista: Darío Ingignoli. Solistas: Mónica Capra (soprano), Mariana Reweski (mezzosoprano), Ricardo Gonzales Dorrego (tenor) y Claudio Rotella (bajo). Conciertos los primeros domingos de cada mes en la Iglesia Metodista Central: Rivadavia 4050.
Nuestra opinión: bueno.

Este es el segundo ciclo coral anual organizado por el maestro Van der Meulen, en la Iglesia Metodista Central. A dicho ciclo fueron convocados algunos de los mejores coros del país dedicados a la música clásica. Los encuentros continuarán todos los primeros domingos de cada mes hasta noviembre de este año.

La apertura está a cargo de la agrupación Sinfónico-coral -la otra es el coro de cámara- de Cantoría Lugano, dirigidos por Eduardo Vallejo. Coreutas y director se presentaron desde su fundación, en 1972, en varias ciudades argentinas y emprendieron giras por el exterior. Entre sus hitos cabe destacar su participación protagónica, el año último, en el estreno de la Misa de Corpus Christi, de Antonio Russo en el Vaticano, invitados por la Asociación Internacional Amigos de la Música Sacra.

A Dvorak no le fue extraña la inspiración religiosa. Baste recordar que se inició como organista en Praga y que fue el creador del oratorio checo al escribir el de Santa Ludmila y un Requiem, amén de un Stabat Mater y de esta Misa en Re mayor, opus 86.

Música y palabras

Con 34 voces femeninas y 17 masculinas, el Kyrie se inicia con aliento profano, pero crece en unción a través de una sencilla melodía que parece tomada de algunos de los cantos checos en los que también se inspiró a lo largo de sus obras nacionalistas. Y aunque el Christe eleison suene más operístico en las voces solistas de soprano y contralto, el compositor retorna a la unción al retomar el tema inicial.

Es a partir del Gloria en que se manifiesta la consustanciación de la música con el texto, cuyo maestro inimitable fue Bach al plasmar maravillosas simbiosis. Baste mencionar los serenos pasajes de el "Et in terra pax", "Gratias agimus tibi" y el "Qui tollis" y la exaltación del "Qui sedes" y el fugado "Cum sancto spiritu" para comprobar que Dvorak comprendía en su dimensión espiritual el texto latino. Algo parecido sucede con el confesional Credo, que se inicia con una gentil melodía en tiempo ternario. Y al promediar en el "Et incarnatus est" se eleva con fervor en las voces solistas, rubricadas luego por el coro. El "Crucifixus" irrumpe tan dramático como el "Passus et sepultus est". Y hacia el final el "Et resurrexit" se alza victorioso, primero en las voces de tenores y enseguida en el tutti coral, para desembocar en el "Et vitam" y el "Amén" con todo el empuje de esta manifestación de fe.

El coro ha logrado transmitir la inspiración del compositor y su devoción. También lo hará en el sorprendentemente lúdico "Sanctus", resuelto en staccato , y en su "Hosanna". El mayor recogimiento místico lo alcanza Dvorak en los lentos acentos del "Benedictus" con el coro (en lugar del acostumbrado solo asignado en otras misas). Las atmósferas piadosas y contemplativas se extienden al "Agnus Dei" final, expresado primero por solistas y luego en el "Dona nobis pacem".

Quizá la Misa en Re Mayor de Dvorak fue escrita, tal como la definió el propio músico, con "recursos modestos", sobre todo por los sencillos trazos melódicos y las armonías tradicionales aquí empleadas. Además, por no recurrir al contrapunto y a la polifonía, bastándole apenas unos tramos imitativos. No obstante, lo difícil de la partitura consistiría en contagiar la sincera emoción espiritual y las atmósferas sacras asumidas musicalmente por el compositor. En tal sentido la actuación de la Cantoría Lugano honra tales climas, con autoridad y sincera emoción.
René Vargas Vera

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Paride ed Elena de Christoph W. Gluck en el Salon Dorado del Teatro Colón, Presentado por el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón

Paride: Cecilia Aguirre Paz, Elena: Lara Mauro: Amore: mercedes Arcuri, Pallade: Vanesa tomas, Soprano: Laura Bjelis, Cantoría de Lugano: Director Eduardo Vallejo, Ensamble del Plata: Dirección Musical: Susana Frangi.

Gluck nació en Erasbach (Alto Palatinado) en 1714 y fallece en 1787. Desde diciembre de 1741 hasta enero de 1745 compuso 10 óperas que fueron representadas en los mejores teatros de la Italia. Todas menos Ipermestra se perdieron. Suerte lamentable corrida por muchas otras obras de la época. Para esta obra que nos ocupa, Gluck recurrio como libretista a Calzabigi, y es la tercera de la producción conjunta que estrenaron en el año 1770, antes trabajaron en Orféo y Euridice y Alceste.

La versión presentada por Susana Frangi que contiene sabios cortes es practicamente una selección de los mejores momentos que sin llegar a la altura de sus predecesoras, (Orféo y Eurídice y Alceste) estan escritos con gran inspiración y presentan arias y conjuntos de gran belleza.

Con un Ensamble del Plata de excelente sonido y afiatada presencia, el coro Cantoría de Lugano, se adapto al estilo e interpreto sus momentos (Non Sdegnare, Dalla Reggia rilucente, Vieni al mar...) con gran aplomo, muy buena afinación y tal vez poco volumen, porque si bien la obra requiere de sutilezas e implica problemas de estilo, no hubiera estado de más que se despegara por encima de la orquesta.

Los Roles (todos asignados a voces femeninas) fueron interpretados con convencimiento. Cecilia Aguirre Paz tiene notables cualidades vocales y ayuda para el estilo la carencia de vibrato. Elena presentada por Lara Mauro estuvo destacada por un sonido homogeneo en toda la tesitura, generoso volumen y valió la pena su inclusión. El Amore de Mercedes Arcuri resulto interesante, dado que si bien tiene una voz chica, esta perfectamente cultivada y opero con matices excelentes. Vanesa tomas en Pallade cumplió con exceso el pedido de la partitura y Laura Bjelis interpreto la soprano con convicción y tal vez poca intensidad.

Es importante destacar el gran trabajo de Susana Frangi, directora que se caracteriza por la profesionalidad y el conocimiento de las obras que encara, a las que consigue extraerle detalles y matices que el Ensamble del Plata plasmo en un excelente sonido.

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Un emprendimiento digno de ser elogiado

 

Es absolutamente imprescindible comenzar con el elogio a la Cantoría Lugano y a su fundador y director por haber emprendido el largo y duro camino que significa, sencillamente, armar y presentar una obra tan monumental y trascendente, y también de innumerables dificultades, como es la "Misa en si menor", de Bach. Además, porque se está hablando de una formación en la cual priman largamente lo vocacional y el esfuerzo personal. Sin embargo, también es necesario hacer algunas observaciones sobre la interpretación ofrecida que, por supuesto, no pretenden cercenar nada de los muchos méritos ni restar ánimos a los caminos que pudieran ser acometidos en próximos emprendimientos.

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Con buen tino, Vallejo sumó un ensamble reducido al coro, aunque, al mismo tiempo, mayormente, prescindió de las pautas interpretativas que en las últimas décadas han arribado a todas las formaciones, incluso las que trabajan con instrumentos modernos, cuando deciden recrear obras escritas, por lo menos, antes de 1750. Con todo, las observaciones iniciales apuntan a cuestiones más generales y permanentes como, por ejemplo, el mantenimiento rígido y tenaz de los tempi escogidos y a señalar todas las dificultades que de él surgen en la exposición de las texturas, en la presentación de los fraseos y hasta en la exactitud de la concertación.

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Transcurridos los célebres cuatro primeros compases, acórdicos, imponentes y majestuosos, una versión bachiana de lo que Bukofzer definió como el "barroco colosal", aparece la gran fuga inaugural, acompañada y a cinco voces que, en su primera exposición instrumental, en un tempo tal vez demasiado rápido, pasó inadvertida en su esencia más íntima, pareciendo más una suma de instrumentos sucesivos que de contrapuntos fugados, sin distinciones claras. Cuando ingresó el coro, la polifonía se reveló más clara, aunque la obsesión por la afinación y la claridad motivó una inusual segmentación de las melodías en vocales separadas y autónomas de manera insistente que, más allá de lo extraño, contrastaba con las mismas melodías expuestas de modo continuado que realizaban los instrumentos involucrados en la fuga.

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A la persistencia en la ratificación del tempo ya señalada y sus poco favorables consecuencias en el campo de la expresión musical -Vallejo está tan compenetrado con la marcación que no sólo su gestualidad es casi exclusivamente metronómica sino que, mientras dirige, marca el pulso permanentemente con su pie derecho- también hay que agregar una constancia poco apropiada en las dinámicas. El coro no desciende del mezzoforte, y así todo fue adquiriendo una sensación de igualdad y de cierta monotonía aun cuando Bach hizo todo para no repetirse jamás y para demostrar, con muchísima fantasía y talento, las inmensas posibilidades compositivas que se podían desarrollar sobre un texto tan antiguo y tan musicalizado como el del ordinario de la misa.

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En el terreno de los solistas, las damas saltaron más alto que los caballeros. Graciela Oddone volvió a demostrar su gran musicalidad y también que, en determinados repertorios, lo suyo es imbatible, de una calidad excepcional. Alejandra Malvino, por su parte, estuvo exactamente a la misma y notable altura que su colega. Fue una picardía, sin embargo, que la falta de elasticidad impuesta por Vallejo no le permitiera respirar y cantar con más libertad el bellísimo "Agnus Dei" del final. Ledesma demostró una buena voz, aunque con algunos deslices y cierta timidez que no lo benefició. Y Debevec Meyer, por el contrario, robusto y enérgico, insistió en un énfasis un tanto exagerado. También habría que mencionar la muy buena tarea del flautista Favio Mazzitelli en sus escasos y muy bien aprovechados pasajes solistas.

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Al final, un público rebosante de felicidad, muy satisfecho por agradecer el esfuerzo realizado, explotó en una larguísima ovación. El premio parecía merecido y la alegría arriba y abajo del escenario parecía ser casi la misma. No obstante, no parece inapropiado señalar que la tarea es ardua y que muchos aspectos son pasibles de ser mejorados.

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Pablo Kohan

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Apuesta riesgosa para el Réquiem de Mozart

"Escenas para el Réquiem de Mozart".
Idea y puesta en escena de Eduardo Casullo.
Solistas: Cecilia Layseca, soprano, María Inés Franco, contralto, Carlos Ullán, tenor, Luciano Garay, bajo. Cantoría Lugano y Orquesta dirigidos por Eduardo Vallejo. Vestuario: Mariela Daga. Coreografía: Gabriela Moyano. Teatro Margarita Xirgu.
Nuestra opinión: bueno

La licitud de recrear una obra musical resignificando sus contenidos está fuera de cualquier discusión. El arte, entre muchísimos otros asuntos más, implica el derecho a asumir las libertades que cada creador considere oportunas y, en función de los objetivos planteados, la implementación de las tácticas y estrategias pertinentes. En este caso puntual, en el cual Eduardo Casullo decide resemantizar el Réquiem de Mozart para escenificar la historia de un chico de la calle, la apuesta es riesgosa. Al mismo tiempo, la resolución de la problemática planteada no es sencilla y con resultados diversos, no necesariamente los óptimos.

La ausencia de un sobretitulado que explicitara contenidos textuales de la misa de difuntos transformó al Réquiem de Mozart en una obra de abstracción, sólo relacionada muy genéricamente con la idea de la muerte. Por lo tanto, dejando de lado casi por completo la exposición de la intimidad que Mozart supo construir entre texto y música, la misa se convierte en una especie de música incidental para que cantantes, actores y bailarines representen el transcurrir de un chico miserable, aislado de cualquier solidaridad o contención, que pasa su existencia pidiendo y que, sobre el final, vence simbólicamente a la muerte a través de la resurrección.

Con todo, y más allá de la creatividad demostrada por Casullo, la alianza entre música y escenificación no aparece siempre como la más apropiada. En este sentido, y aún entendiendo la lógica del desarrollo argumental, no es la música del "Introito" la más beneficiosa para que el coro represente el avance de una multitud de desarrapados, ni la del "Agnus Dei" la ideal para que la Muerte juegue a las barajas el destino del chico. Tampoco parece muy afortunada la elección de las máscaras que luce el coro en el "Rex tremendae majestatis" que aportan impacto visual, pero restan imponencia por la atenuación del sonido que provocan de modo insalvable. Los movimientos exasperados y cierta gestualidad de lugares muy comunes se perciben también en el "Confutatis". Por otra parte, también hay que hacer mención de escenas de gran belleza plástica y de teatralizaciones muy bien logradas.

En lo estrictamente musical primó la corrección, aunque las tareas agregadas que el coro debe acometer a lo largo de la obra van en desmedro de cierta prolijidad. Los pasajes polifónicos, el Kyrie y su reedición final o el "quam olim Abrahae promisisti", no tuvieron la precisión deseada, en el "Lacrymosa" se filtraron desajustes y desequilibrios entre el coro y la orquesta y hubo ascensos hacia los agudos que no tuvieron la mejor afinación. Del grupo de solistas, hay que destacar la muy buena labor del tenor Caros Ullán.

Vale destacar la devoción, el empeño y la voluntad demostrada por todos los integrantes de esta puesta, desde los coreutas hasta las bailarinas, los actores, los músicos y, por supuesto, Eduardo Vallejo, el fundador de la Cantoría Lugano, un director acostumbrado a enfrentar desafíos duros y que lleva adelante una obra consistente, conduciendo con solvencia a una formación en la cual sobresalen la buena disposición y la entrega personal.
Pablo Kohan

 

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Homenaje a dos grandes

Miércoles 13 de junio de 2007 | Publicado en la Edición impresa  

Conciertos en Santo Domingo 2007. Actuación del coro mixto Cantoría Lugano, con la dirección de Eduardo Vallejo. Ciclo Marienlieder, opus 22, de Johannes Brahms, y 11 motetes de Anton Bruckner. En órgano: Emiliano Spadaccini. Trombones: Henri Bay, Manuel Campos, Jorge Jara, Maximiliano de la Fuente. Auspicia: Banco Supervielle. Basílica del Rosario-Convento de Santo Domingo; Belgrano y Defensa.
Nuestra opinión: muy bueno

¡Al fin un coro que asume y nos regala un ciclo de Brahms! Es decir: música coral del período romántico. Se lo debemos a Eduardo Vallejo, fundador y director de Cantoría Lugano hace 35 años. Porque en los últimos años nuestros coros más renombrados se dedicaron, como en tácito acuerdo, a cultivar casi exclusivamente la música del siglo XX, sobre todo religiosa. Y a conectarse -quizá por una rara virtud que uno pueda concederle a la mundialización- con creadores de este siglo XXI.
Fue casi de rigor que cada coro sólidamente formado acogiera en su repertorio habitual obras de Veljo Tormis, Górecki, Arvo Pärt, Penderecki, Javi Busto, Britten, Holst, Lajos Bardos, Hernán Aguiar, Nystedt, Pizzetti, Kubizek y Rautavara, entre otros, por lo general sacra.
Muchas de ellas nos sorprendieron, no solamente por los desafíos técnicos de la nueva polifonía y las complejidades armónicas que planteaban sus obras -como parte de una propuesta para remozar el repertorio de la música coral a capella-, sino también por su intrínseca belleza y por la unción con la que expresaban los contenidos espirituales.
No obstante, y dado tal categórico vuelco estético entre nuestros egregios coros, flotaba la duda de si la música Renacentista y la del período romántico sonaban, a las puertas de este siglo XXI, vetustas o anacrónicas, ya que la barroca subsiste todavía en las monumentales composiciones sinfónico-corales ofrecidas con alguna frecuencia.

Contemporáneo y rival
Lo cierto es que Vallejo y su Cantoría Lugano nos invitaron a disfrutar no solamente de la música coral de Johannes Brahms, sino también de la de otro olvidado y sistemáticamente postergado compositor germánico: el otrora célebre organista austríaco Anton Bruckner, su contemporáneo y rival clásico-romántico.
El Brahms oculto -el "músico póstumo", según Alfred Einstein- detrás de sus cuatro sinfonías, de sus conciertos para piano, para violín, para violín y chelo, y de su vasta música de cámara, es precisamente el Brahms coral, incluso escondido -paradójicamente- bajo la sombra de su Réquiem alemán .
De entre sus veinticinco obras para coro (sin contar las 91 armonizaciones de canciones populares, unos 200 lieder, 80 dúos y cuartetos vocales con piano) descubrimos este ciclo Marienlieder (Cantos de María), opus 22, para coro mixto, sobre poesía de Clemens Brentano y Achim von Amim, primera obra a capella publicada por Brahms tras escribirla a mediados de 1859, con 26 años. De ella fluye el catolicismo renano para rendir culto a la Virgen María desde la Anunciación hasta un cántico final, que es una plegaria.

Gozosos ecos
Las hermosas voces de sopranos y contraltos, y las sólidas de tenores y bajos de Cantoría Lugano transmiten estos frescos y gozosos ecos renacentistas liberados de la carga contrapuntística, bajo las certeras indicaciones de Eduardo Vallejo. Es esa música de resonancias antiguas, transfigurada por la riquísima inventiva de Brahms, la que nos ilumina sin grandes destellos. Su sencilla poesía estrófica, tomada de viejas canciones populares, encuentra la exacta traducción musical a través de un plácido y acogedor melodismo sostenido por armonías modales que hacen deliciosas las voces del coro.
De igual modo, se disfrutan los once motetes escogidos de entre la obra casi secreta de Anton Bruckner, despojados todos ellos de la grandiosidad de sus sinfonías. En ellos la piedad se expresa con una palmaria sencillez, incluso en sus modulaciones armónicas y sus aprestos hímnicos. La impecable afinación, lo homogeneidad sonora y la sabia distribución de matices expresivos son los atributos sobresalientes de Cantoría Lugano.

René Vargas Vera

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Lugar de Ensayo:


Venezuela 2164
Miiércoles 20hs. - 23hs.
Viernes 20hs. -23hs.

 

 

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